Ferroburgo: Aquí hay dragones.

Un relato corto sobre Ferroburgo y sus letales criaturas. Si no me falla la memoria, es lo primero que escribí para esta ambientación.

Cacería

Cuatro figuras se mueven velozmente sobre el adoquinado, levantando trozos de pavimento con sus potentes zancadas. Dejan atrás casas y edificios derruidos, las plazas y grandes avenidas del Distrito Superficie. Embutidos en corazas blindadas de dos metros y medio de altura y doscientos cincuenta kilos de peso, prestan poca atención al sigilo.

Tras ellos, sobre sus cabezas, sobrevuela una ominosa sombra, una oscura criatura de alas membranosas y cuerpo cubierto por placas óseas tan resistente como el acero. Es largo como un zepelin de asalto, todo músculos, desde la cabeza reptiliana hasta la cola acabada en garfios de hueso afilado. El ser inclina la cabeza ligeramente, enfocando su aguda visión de depredador en el grupo. No piensa dejarlos escapar. En su boca babeante relucen varias hileras de colmillos, largos como cuchillos de combate.La saliva corrosiva que inunda sus fauces resbala por la comisura de los labios, bullendo al contacto con el aire.

dragon de Ferroburgo copy
Con un grito agudo y escalofriante se zambulle en el aire, las alas pegadas al cuerpo y la cola extendida hacia atrás para ganar velocidad. Deja caer todo su peso sobre el grupo, extendiendo las patas traseras acabadas en espolones dentados. Dos de sus presas caen destrozadas por el potente impacto. La gruesa coraza de combate, capaz de parar proyectiles de alto calibre, no ofrece protección alguna frente al poder bruto del cazador.

 

Verónika salta con toda la potencia que le permite su coraza de combate, un antiguo modelo prusiano repintado en rojo oscuro. El control es difícil, los giroestabilizadores están desalineados desde que tuvo que luchar contra todo un aquelarre de brujas verdes hace dos semanas, pero logra caer de pie tras cubrir mas de doce metros. Las esquirlas de hueso de la cola del monstruo pasan rozando la hombrera derecha, dejando una profunda marca.

 

Marx, el otro superiviente, se tambalea un par de pasos antes de chocar contra la derruida pared de un colegio. Bajo sus pies crujen pequeños huesos resecos, envueltos aún en trozos de lo que debieron ser uniformes escolares. Mientras se levanta trabajosamente, apunta a la monstruosidad con una ametralladora gatling de tres cañones acoplada al dorso de su antebrazo derecho. El arma ruge desencadenando una tormenta de proyectiles que golpea contra las endurecidas placas óseas, arrancado gruesas astillas pero causando poco daño real.

 

La lluvia de balas dura tan solo unos segundos, los cañones del arma siguen girando, pero ya no quedan proyectiles que lanzar. La criatura emite un rugido grave, de furia, y aparta su atención del cadáver cuya carne y sangre mancha sus dientes. Marx trata de correr hacia un lugar seguro, pero los servomotores de su pierna izquierda han resultado dañados y se niegan a obedecer. La bestia deja bien claro que no tiene intención de facilitarle la huída. Ni siquiera se molesta en levantar el vuelo, usando sus alas gruesas y membranosas como patas se lanza contra el coracero, haciendo temblar el suelo bajo su peso.

 

Marx desenvaina un cuchillo de combate de mas de medio metro de longitud. Afilado como una navaja de afeitar y empuñado por un coracero entrenado, puede cortar por la mitad a un hombre adulto o destripar a un depredamorfo con un ligero giro de muñeca. Probablemente porque ninguno de tales contendientes cuenta con un caparazón segmentado de hueso y silicio de palmo y medio de grosor, como el que tiene la criatura que avanza hacia el con las fauces abiertas.

 

Verónika permanece oculta tras los cascotes de una ancha columna jónica. Ha aprovechado la distracción provista por su compañero para colocarse a un costado de la bestia. Perdió su cañón de vapor durante la refriega con el mekzerker que encontraron adormecido en los túneles bajo el enclave Ivanovska. Tendrá que confiar en su electroespada, una vieja arma de casi cuatro palmos de longitud capaz de generar un poderoso campo energético.

coraza de combate copy

La bestia tan solo tiene ojos para su presa. Ni siquiera piensa tratar de destriparla con sus garras traseras, simplemente la aplastará con las fauces y dejará que su saliva ácida la deshaga, como un trozo de papel en un charco. Por suerte para Marx, jamás llega a cumplir su objetivo. La armadura pesada pilotada por su compañera de fechorías y aventuras golpea contra el costado de la bestia e interrumpe la letal acometida.

 

La hoja electrocargada empuñada por Veronika traspasa una de las placas de hueso del flanco, debilitada por los proyectiles de la gatling de su compañero. Un chorro de sangre ácida de brillante color amarillo surge a presión de la herida. El monstruo vuelve a rugir, esta vez mezclando la sorpresa con el dolor. Verónika libera la espada de un tirón, evitando la rociada de fluido corrosivo. Afianza ambos pies en el suelo, presta a lanzar un nuevo tajo, pero la criatura ha perdido cualquier interés en continuar la lucha.

 

Ninguna presa vale tanto esfuerzo, piensa el monstruo, poco acostumbrado a luchar contra su comida. Despega de un potente salto, desplegando las enormes alas capaces de eclipsar el sol. Sin armas de largo alcance, Verónika tan solo puede observar como se pierde entre el entramado de puentes y viaductos cubiertos de vegetación que comunican los ruinosos rascacielos de Ferroburgo.

 

Marx se acerca a ella cojeando, los servos de su pierna chirrían de manera lastimosa. Le da una palmada en la espalda. Cualquier otro agradecimiento es innecesario, se han salvado mutuamente la vida mas veces de las que se puede contar.

– Ese es uno de Los Seis. Creo que lo llaman Mbaya Damu entre los cazadores de Muro Gris. Si lo hubieses abatido te habrías ganado un lugar en las leyendas.

Verónica responde de forma enigmática al tono burlón de su compañero, sin rastro de humor:

– ¿No te has dado cuenta, Marx? No se puede matar a un dragón.

 

 

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